Doblemos la apuesta: sí que es pot. Iñigo Errejón

Este domingo 27 de septiembre se celebran en Catalunya unas elecciones formalmente autonómicas pero cargadas de mucha mayor intensidad simbólica. Por una parte, se trata de unos comicios que la mayor parte de las candidaturas han aceptado en considerar “plebiscitarios” sobre el eje nacional y la cuestión de la independencia. La asunción entusiasta de este marco por PP y Ciudadanos constituye la primera victoria discursiva del independentismo.

Las fuerzas conservadoras, habiendo renunciado a seducir a una mayoría de los catalanes, parecen contentarse con recoger los réditos del miedo y cosechar votos fuera de Catalunya con el anticatalanismo. Su única propuesta es cerrar los ojos con fuerza e insultar, a ver si así la situación cambia. A la vez, las elecciones catalanas tienen, a pocos se les escapa, un evidente impacto en las próximas elecciones generales. Además de su importancia en clave nacional catalana, en ellas se juega la pole position para la carrera definitiva hacia el cambio político en España.

Lo que ha ocurrido en Catalunya no es un proceso exclusivamente independentista, en la medida en que participaban muchas personas no necesariamente independentistas para las cuales el suelo mínimo de entendimiento era el derecho a decidir y la necesidad de un acuerdo diferente con el Estado español.

Ciertamente, la sociedad catalana lleva años, seguramente tras el recorte del Estatut por el Tribunal Constitucional y la reacción ciudadana posterior, inmersa en un proceso de movilización por la exigencia mayoritaria de la posibilidad de decidir en las urnas, con garantías democráticas, la relación con el resto de España. Este movimiento, contrariamente a lo que a menudo se dice, no lo han inventado Artur Mas ni CiU -que de hecho se ha roto por el camino- sino que ha sido un proceso generado desde la sociedad civil, al que los partidos después se han tenido que subir. Tampoco es un proceso exclusivamente independentista, en la medida en que participaban muchas personas no necesariamente independentistas para las cuales el suelo mínimo de entendimiento era el derecho a decidir y la necesidad de un acuerdo diferente con el Estado español. De ahí que para el 80% de la sociedad catalana que estaba de acuerdo con las demandas del 15M, el 11S de 2012 representase otro acontecimiento más dentro de un relato que exigía más democracia.

Ha sido la frustración de expectativas y la hostilidad o cerrazón con la que ha sido respondida por el Gobierno español la que ha estrechado el margen empujando a muchos ciudadanos a convencerse, en momentos de crisis orgánica del régimen de 1978, que “es más fácil crear un Estado nuevo que transformar España”. Este ánimo ha vertebrado una amplia y plural movilización nacional que no es patrimonio de ningún partido, por mucho que la derecha nacionalista catalana se haya probado muy hábil y flexible para hegemonizarlo y recoger sus frutos. El primero de los cuales es no rendir cuentas por su desastrosa gestión de las últimas dos legislaturas, caracterizadas por la corrupción, la entrega de las instituciones a tramas mafiosas y una feroz e ineficaz política de recortes y privatizaciones que ha incrementado sustancialmente la desigualdad y la pobreza en Catalunya.

Entretanto, aunque con ritmos y características diferentes, en España se ha venido desarrollando otra ola de movilización política en sentido democratizador. Comenzó el 15M de 2011 con un ciclo de protestas que consiguió poner en la agenda oficial los dolores de los sectores golpeados por la crisis, articular un sentimiento generalizado pero difuso de impugnación de las élites políticas y económicas y abrir una ventana de oportunidad para la construcción de una identidad política plebeya de cambio, con voluntad explícita de poder. Sacudió el tablero político español en la noche de las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014, imprimiendo una dinámica acelerada e imprevista que desató el nerviosismo y la resistencia feroz de las élites viejas. Y cristalizó en la conquista de las principales alcaldías de España por candidaturas municipales de cambio, que denuncian la deriva oligárquica que le ha entregado las instituciones a los privilegiados y se propone recuperarlas para ponerlas al servicio de la gente. El viejo sueño democrático de que cada ciudadano pueda tener una vida digna haya nacido en la cuna que haya nacido, que llevó a muchos ciudadanos a votar socialista en el pasado, después a resignarse y mirar con apatía la política y hoy, de nuevo, a mucha gente a ilusionarse con la posibilidad del cambio.

Las élites de Madrid y Barcelona habrían querido, en estas elecciones, una cómoda partida de ping pong entre dos bloques sordos, unidos en sus tramas de corrupción, en sus políticas de impunidad para los de arriba y recortes a los de abajo.

En Catalunya ambas olas de cambio -una de signo democrático-nacional y otra democrático-popular, si se quiere- se han cruzado en este ciclo político acelerado, generando un paisaje político muy complejo y abierto. Seguramente la alcaldía de Barcelona es el mejor ejemplo de esto. Nuestra propuesta es conectar ambas olas de cambio, en un proyecto compartido, que necesariamente descansa sobre el reconocimiento de la realidad plurinacional del Estado español -esto es, convivimos diferentes naciones que pueden articularse en pie de igualdad sin relaciones de subordinación- y del derecho a decidir: la democracia como pegamento para la seducción -queremos seguir juntos, pero queremos que eso sea el resultado de la libre decisión- y la construcción de un horizonte de futuro compartido de soberanía popular frente a los poderes de las minorías privilegiadas y el despotismo financiero. La fraternidad entre las alcaldías del cambio es, al respecto, un ejemplo elocuente y esperanzador: tras mucho tiempo viviendo de espaldas o compitiendo, Barcelona y Madrid hoy se dan la mano para abrirse a acoger refugiados, para impedir desahucios, para asegurar que todos los niños hagan las tres comidas diarias o para auditar las cuentas y abrir puertas y ventanas.

Las élites de Madrid y Barcelona habrían querido, en estas elecciones, una cómoda partida de ping pong entre dos bloques sordos, unidos en sus tramas de corrupción, en sus políticas de impunidad para los de arriba y recortes a los de abajo. Unidos en la ficción de que no hay un día después de las elecciones, que se puede construir un país hablándole sólo a la mitad de su gente. Este escenario binómico dejaba fuera de la discusión política una buena parte de los asuntos que más afectan a la vida cotidiana de las mayorías sociales, y al mismo tiempo amenaza con retraer la participación política y electoral de algunos de estos sectores, que no se sienten convocados ni seducidos por ninguno de los dos bloques en pugna en estas elecciones: ni por la arrogancia de Mas que quiere confundir su nombre con el de Catalunya, ni por la irresponsabilidad y amenazas de la alianza Rajoy-Rivera, que por toda propuesta tiene la negación y el avivamiento del ruido.

Catalunya Sí Que Es Pot (Cataluña Sí Se Puede) es la candidatura de esa gente a la que despectivamente se refería Artur Mas como “los del sí se puede”, los que se ubicaban más allá de las trincheras del Sí y el No. Es la opción de la que Inés Arrimadas se distancia escandalizada al insistir en que está “en las antípodas de los que hacen escraches”, mirando al dedo de la protesta en lugar de a la luna del drama social de la crisis. Pero también es algo más. Catalunya Sí Que Es Pot es la apuesta política por conectar esas dos oleadas democratizadoras, una apuesta doblemente ambiciosa: en la construcción de poder para los de abajo y también en la plurinacionalidad. Llegamos a la recta final de la campaña convocando a la ilusión de tanta gente que pensaba que estas elecciones no iban con ellos y que, por tanto, no sale aún en las encuestas, como no salieron las sacudidas de las elecciones europeas o las victorias en las municipales. La fuerza de los de abajo tiene siempre algo de irrupción imprevista, de lento murmullo creciente, de interrupción del guión de la política oficial como deporte privado entre élites. Es la multitud que este domingo puede salir del colegio electoral susurrando sonrientes “sí se puede”. Llegamos con una propuesta de fraternidad, de sumar fuerzas en las dos oleadas de cambio para profundizar esta oportunidad histórica de revolución democrática.